
Mauricio Macri es alcalde de la ciudad de Buenos Aires, hombre de negocios e hincha de Boca Juniors. El orden suele variar indistintamente dependiendo del objetivo y la conveniencia. En todo caso, siempre se le ha asociado al poder y el dinero; desde su etapa como director general de varias multinacionales, hasta el desembarco en el club de sus amores como presidente en 1995, Macri constituyó un claro modelo de éxito. En el fútbol fue más visible: en poco más de diez años transformó la entidad económicamente – aumentó los ingresos gracias a la creación de un fondo de inversiones para la compra de jugadores en la que el club se quedaba con el 50%- , convirtió la marca Boca Juniors en un símbolo más de Argentina en el exterior y ganó títulos. Muchos. Más que nadie. Entre ellos, la excelsa Intercontinental que le ganó al Real Madrid en aquella calurosa noche de Tokio donde Riquelme emuló a Fred Astaire. No faltaríamos a la verdad si dijéramos que fue un presidente querido.
Como alcalde, en cambio, ofrece más dudas. El pasado sábado, con motivo de un acto, tocó una de las fibras sensibles del kirchnerismo, la del ‘fútbol para todos’ (retransmisión en abierto y por la televisión pública de todos los encuentros de Primera y Segunda División). Su crítica constituyó un ejercicio de sensatez, inteligencia y estrategia política a partes iguales: “en su momento, el fútbol se organizaba muy bien sin la intervención y manipulación del gobierno nacional…Creo que la Argentina tiene otras prioridades. Organizando bien el fútbol podemos destinar muchos fondos a vivienda social, escuelas, caminos…tantas cosas”.
Tantas cosas. El famoso ‘fútbol para todos’, criticado u odiado dependiendo del taxista con el que te encuentres, costó los últimos tres años, según un informe publicado en La Nación, unos cuatro mil millones de pesos (alrededor de 570 millones de euros), dejando el partido al módico precio de 300.000 euros. Cincuenta millones de las antiguas pesetas a pagar entre todos los argentinos por disfrutar, entre otras lindezas, de un Douglas Haig – Almirante Brown, de la Segunda División argentina. Sólo estos datos bastarían para entender las palabras de Macri, pero si a eso le sumamos, por ejemplo, ingentes cantidades de propaganda nacional durante las retransmisiones, uno duda de las intenciones y comienza a considerar la encomiable política del fútbol para todos, un pasatiempo enteramente prescindible.
La respuesta no se hizo esperar y el responsable de la saturación futbolística, Abal Medina, salió al quite con elegancia: “es bueno que aclare sus intenciones, su visión del país, que es el de una Argentina para pocos. Sanidad para pocos, educación para pocos, industria para pocos y fútbol para pocos”. Este tipo de dicotomías suelen crear un problema. Y el problema de Macri es que sus palabras sugieren desconfianza por más que afirme que el cielo es azul o que el agua moja. La polémica del fútbol televisado va pues, para largo.
En Trelew, por lo pronto, siguen disfrutando del negocio. Trelew, a más de mil quinientos kilómetros de Buenos Aires. Esta ciudad de poco más de 100.000 habitantes es una de las más importantes de la Patagonia, allí donde termina el mundo. De ahí salió hace veintitrés años Cristian Tula con la idea de ser jugador profesional. Le costó bastante. Hijo de padres separados...


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