
Rory McIlroy es hoy por hoy la imagen que el golf quiere para su deporte. Atrás quedaron los años en los que Tiger Woods monopolizaba portadas, titulares e incluso era la imagen de los mejores videojuegos.
Su 'affaire' extramatrimonial, que destapó otros muchos, y el imparable ascenso del norirlandés han terminado por voltear una situación que se había mantenido inamovible en toda la pasada década.
A tal extremo ha llegado la definitiva eclosión de McIlroy que Nike no ha tenido más remedio que acordar un contrato con el golfista, y vaya contrato: el jugador se embolsará 250 millones de euros por un patrocinio para los próximos diez años.
Dos son ahora las dudas que asaltan a McIlroy: a quién representar en los JJOO de Río 2016 (se debate entre Reino Unido e Irlanda e incluso ha amenazado con no disputarlos), y ver cuánto tarda en adaptarse a su nuevo material, una circunstancia menor en otras disciplinas pero de una importancia capital en un deporte con tanta precisión como el golf.
Sea como sea, McIlroy ya ha conseguido el 'major' de los patrocinios.
